"Yo me puedo morir feliz porque yo le dejé una canción al mundo", declaraba Facundo Cabral. Ahora, después de su muerte estúpida, en un asalto o balacera, llorando acudo aquí a atestiguar que aquel joven de diecinueve, que se decía "en búsqueda" tiene mucho que agradecerle. Ahora, treinta y cinco años después, y gracias a Dios, aún en búsqueda, sigo haciendo mías las coplas que dicen "no soy de aquí, ni soy de allá; no tengo edad ni porvenir; y ser feliz es mi color de identidad".
Por aquel entonces era mucho más revolucionario y apasionado que hoy por lo que vibraba profundamente también con los versos de "pobrecito mi patrón; piensa que el pobre soy yo". Y vaya que desde entonces he tenido cualquier cantidad de patrones que por desgracia vivían en las mayores de la miserias.
Escapar de los dulces cantos de sirenas voluptuosas que me tientan con las promesas de una vida de felicidad inmensa gracias a las riquezas y a los productos de la sociedad de consumo no ha sido fácil; pero ahí ha estado siempre el canto de Facundo para recordarme lo que de verdad importa.
Decía que hay cuidarse de los pendejos; pero creo que el pendejo de mayor cuidado lo llevo dentro.
Tan sólo tuve que salir un poquito para darme cuenta que todo nacionalismo no es más que una gran ignorancia. He tenido por amigos lo mismo a asesinos que a hombres buenos, a gringos y a indígenas, a gente de poder y autoridad y a pobres, a felices e infelices y en todos he encontrado la misma esencia: la necesidad de amar y ser amados.
Y al final esa es mi esencia.
Hoy es tiempo de cantarle al trovador que más cerca ha estado de mi búsqueda. Gracias Facundo por mantener con tu canto, ahora eterno, la linterna alumbrando lo que verdaderamente importa.