Hace 31 años el Tec de Monterrey me contrató como profesor de planta. Con entusiasmo asumí la carga completa de 5 materias después de los buenos resultados que había tenido como profesor de cátedra en la clase de dibujo técnico. Cuando llegaron las primeras evaluaciones de profesores me encontré con puntajes terribles en todas las materias. Me sentí conmocionado y confundido. Protesté contra el sistema de evaluación, me sentí enojado con los alumnos y estuve muy frustrado. Poco a poco fui encontrando la serenidad para poner el foco del problema en mí y no en los demás. El siguiente fin de semana empecé a reaccionar, y decidido a que la clase de movimiento ondulatorio del lunes fuese diferente, me fui a la tienda a comprar cadenas, cuerdas, pelotas, resortes y recipientes: tenía que lograr enganchar a los alumnos. El lunes saqué a los muchachos al pasillo, extendimos una cadena y analizamos el movimiento de un eslabón cuando la cadena ondulaba. Había descubierto el aprendizaje vivencial.

Tuve que empezar a romper mis paradigmas y los del Tec. Al siguiente semestre, la clase de matemáticas I, llena de alumnos que repetían el curso, no por falta de habilidades sino porque la institución tiene la política de reprobar a los alumnos que no asisten un suficiente número de veces a clase, no podía estar basada en mis explicaciones de gis y pizarrón. La estrategia didáctica que diseñé consistía en empezar con una buena inducción que captara la atención y luego una breve explicación del procedimiento matemático a aprender esa clase; por ejemplo, suma de fracciones. Enseguida proponía una lista de ejercicios a resolver individualmente o en parejas, mientras yo iba resolviendo personalmente las dudas de cada alumno. Para motivar, al resolver todos los ejercicios correctamente se podían retirar o, si lo preferían, ayudar a los compañeros que iban más atrasados. En aquel curso se generó una energía emocional muy alta. Al siguiente semestre me moví de Prepa; pero un colega y amigo intentó aplicar la misma estrategia. Le cayó la represión. Le dijeron que no podía aplicar ese sistema y que debía mantener a los alumnos en el salón durante toda la clase. No eran tiempos propicios para la innovación docente y ésta debía ocurrir “underground”.

Recién me encontré dentro de un viejo libro una hoja en la que escribía mis conclusiones al reflexionar sobre la experiencia de un semestre. Ahí anoté cuatro decisiones: 1) Enfocar el proceso de aprendizaje de los alumnos y no sólo al contenido, 2) Aterrizar el curso y los problemas, 3) Crear un clima de aceptación, empatía y libertad, y 4) Administrar las contingencias de reforzamiento. Ahora confirmo que aquellas decisiones siguen siendo vigentes. Estoy convencido de que la experiencia del curso debe ser significativa para el alumno para que realmente pueda aprender algo que valga la pena. Treinta años después, ahora mi área es Aprendizaje y teoría organizacional en la escuela de negocios y liderazgo en posgrado. Pero los principios pedagógicos, o mejor dicho andragógicos, de mi quehacer docente son los mismos.

Me han pedido que comparta en un encuentro de maestros lo que hago y lo que estoy pensando hacer con mis cursos para el próximo semestre. He meditado mucho qué podría compartir a colegas que sienten la misma pasión por enseñar y transformar vidas que yo. A profesores que permanecen en un flujo constante de innovación. Volteo a ver a mis colegas del campus Toluca y de otros campus y por todos lados veo maestros dando lo mejor de sí y buscando maneras más efectivas de conectarse con los alumnos y de facilitar el aprendizaje. Tengo la fortuna de pertenecer a una comunidad de aprendizaje muy dinámica en el campus Toluca. Un grupo de profesores y consultores que constantemente estamos innovando y cuestionándonos sobre nuestras prácticas docentes. Es una comunidad informal a la que alguna vez llamamos la burbuja. En ella, con mis colegas aprendo y me enriquezco constantemente.

Hemos estado muy interesados en el aprendizaje vivencial y recientemente nos hemos capacitado en “Gamification”, corriente a la que en español muchos se refieren como “gamificación”; pero que creemos que un mejor nombre es Ludificación. Como muchos docentes, utilizamos en clase técnicas vivenciales que van desde dinámicas en espacios abiertos hasta actividades con base tecnológica, a las que hemos llamado simuladores. Los simuladores que utilizamos van desde aquellos que generamos nosotros y se utilizan una o dos clases para apuntalar un objetivo de aprendizaje muy específico, como “Guerra en Yugoslavia” hasta aquellos de gran alcance, generados por empresas especializadas y que se convierten en la columna vertebral de todo un curso, como el juego de negocios “The Business Strategy Game”.

Entre los simuladores de objetivo específico generamos uno inspirados en el clásico “Lemonade”. Nosotros quisimos superar esa metáfora tan alejada a nuestra realidad Latinoamericana, ya que nuestros niños no venden limonada durante los veranos. Nuestro simulador se llama “Raspados y atole”, y se refiere a un emprendedor que tiene un micro-negocio de venta de bebidas a la salida de la secundaria. Cada mañana, dependiendo del pronóstico del clima, debe decidir cuántos vasos de atole y de raspados preparará. Usado en el curso de aprendizaje organizacional, el objetivo es que los alumnos determinen cuáles son los factores subyacentes al éxito del negocio y cómo estos se influyen mutuamente de manera sistémica. A diferencia de otros simuladores, el software les permite a los alumnos visualizar gráficamente a lo largo del tiempo el capital acumulado (que técnicamente es un stock o reserva) y las ganancias (el flujo), a fin de descubrir patrones de comportamiento y de ahí explicar sistémicamente el fenómeno.

Es magnífico el movimiento que estamos viviendo en el Tec para tener la infraestructura en instalaciones y soporte de tecnología de la información adecuada para apoyar el proceso educativo. Nos llenamos de gozo al saber que este verano en el Tec tendremos grandes transformaciones en las aulas. Contaremos con espacios flexibles que permitirán fácilmente organizar trabajo en equipos o sesiones plenarias en círculo y en U, o simplemente espacios vacíos para jugar y moverse libremente por el salón. Al mismo tiempo, los enfoques que hemos experimentado en el pasado empiezan ahora a tener nombre: “flipping the classroom”, “gamification”, “experiental learning”, etc. ¡Y nuestras autoridades están ahora liderando la toma de consciencia respecto a estos enfoques! Realmente es sensacional.

Pero queremos hacer una alerta. Desde luego que la facilitación procesos de aprendizaje vivencial significativo es mucho más eficaz si contamos con instalaciones adecuadas. Desde luego que el enseñar a jóvenes milenio nos debe llevar a replantear e innovar nuestras técnicas didácticas. Ciertamente nuestros alumnos, nativos digitales, tienen demandas distintas y son diferentes de los alumnos que teníamos hace 15 años. Ya no puedo esperar que estos alumnos atiendan una explicación de 40 minutos porque en menos de 10 minutos los pierdo. Pareciera que nuestros alumnos tienen déficit de atención; pero en realidad son personas multi-funcionales. Anteriormente yo sostenía que la mente humana no puede atender varios asuntos al mismo tiempo, aunque mi esposa me ha mostrado toda la vida que sí es posible. Mis alumnos pueden atender al video que les presento (y que yo no entiendo si no estoy totalmente concentrado en él) y al mismo tiempo consultar en internet el contenido ahí presentado, twittear sus conclusiones y mandarle un beso a la novia o novio por Facebook. Ahora mi estrategia es presentar en clase “chunks” de información en bloques de no más de 10 o 15 minutos, cambiando el ritmo y el estímulo una y otra vez.

Mucho más que antes, los alumnos no están dispuestos a tolerar actividades que no sean significativas para ellos. Lo que estamos haciendo debe tener un sentido ahora. No basta la promesa de que algún día te servirá. No puedo decir nada que no esté bien fundamentado porque algún alumno busca si Wikipedia confirma lo que digo y me corrige directamente cuando estoy equivocado.

Si bien los alumnos milenio tienen manifestaciones y requerimientos distintos a los alumnos de antes, al mismo tiempo los alumnos siguen teniendo las mismas esencias. Y los apoyos tecnológicos y las técnicas didácticas seguirán siendo sólo apoyos y técnicas. Estoy convencido que el núcleo del proceso de enseñanza aprendizaje está en la relación interpersonal. Porque somos seres sociales, la experiencia de aprendizaje está determinada sustancialmente por el tipo de relación que sostenemos con nuestros alumnos. Starbucks lo sabe bien: para generar una experiencia valiosa para el cliente; sí, la calidad del producto, el aroma de café, la música de fondo, el mobiliario, son importantes; pero lo que determina el tono es el tipo de relación que se mantenga con el cliente: de ahí la importante del trato personalizado, amable, mirando a los ojos, sonriendo auténticamente.

Ya no nos basta con aplicar las clásicas siete habilidades del taller de micro-enseñanza, aunque siguen siendo importantes para presentar temas. Pero en un ambiente ludificado, las habilidades de acompañamiento de personas y equipos son centrales. Creo que ahora más que nunca debemos cuidar con esmero la calidad de relación con nuestros alumnos. Creo que necesitamos combinar al mismo tiempo las habilidades del encantador de perros, César Millán, y las actitudes y habilidades del enfoque centrado en la persona de Carl Rogers.

Por un lado, los conductistas tenían razón. Como bien lo enseña el encantador de perros, la administración de consecuencias tiene efectos contundentes. César Millán enseña a mantener una conducta asertiva sabiendo presentarse como la cabeza del grupo; con aplomo, confianza y seguridad; utilizando adecuadamente el lenguaje no verbal, sin agresión ni violencia. “Calmado y asertivo”, dice. Nuestros alumnos necesitan dirección, que se les diga con claridad qué está permitido y qué está mal. La permisividad, el liderazgo de rienda suelta no les ayuda, sobre todo a los adolescentes. Como tampoco les ayuda un liderazgo vertical, agresivo e impositivo.

Pero por otro lado, los humanistas también tenían razón. Como el educador y psicoterapeuta humanista Carl Rogers decía, nadie puede enseñarle nada significativo a otra persona. Nuestro papel como maestros es el de jardineros que generan las condiciones para que la semilla germine, crezca y florezca por sí misma. No queremos alumnos bonsáis: chiquitos, bonitos, cuidados, de ornato: obedientes y alineados. Queremos alumnos que crezcan con todo su potencial, que extiendan sus raíces hasta donde tengan que hacerlo, que sean los naranjos o manzanos que están destinados a ser y no lo que otros deseamos para ellos. Y este tipo de potencialización es facilitada por actitudes de aceptación positiva incondicional, comprensión empática y congruencia.

El lograr integrar al mismo tiempo actitudes de asertividad, a la César Millán, y de empatía, a la Carl Rogers, en la relación con mis alumnos es algo muy difícil. Aceptar a mi alumno plenamente como persona requiere que yo me mantenga trabajando por la aceptación plena e incondicional de mí mismo. Significa poder ver y apoyar la humanidad que hay en ella o él. Cuidar la potencialización del tipo de árbol que es.

No es fácil aceptar a cada alumno como una persona digna y valiosa, particularmente al que me cae mal, al que me confronta, al que es diferente a mí. En mi experiencia, el mantener este tipo de relación con el alumno requiere del apuntalamiento en un trabajo permanente de desarrollo como profesor y como persona; de cultivar el auto-conocimiento, el auto-desarrollo y la auto-comprensión. La única manera como puedo ser un facilitador verdadero del crecimiento de mis alumnos es comprometerme con mi propio crecimiento personal.

En conclusión, la ludificación de nuestros cursos es importante, el establecimiento de técnicas didácticas adecuadas es importante, el contar con aulas flexibles es importante, el apoyo con tecnología de la información es importante. Estoy trabajando este verano en la ludificación y rediseño de mi curso de administración. Pero no pierdo de vista que la esencia del proceso de enseñanza-aprendizaje está en el establecimiento de relaciones significativas auténticas con mis alumnos y estas sólo se pueden dar si yo mismo como docente estoy en un proceso constante y vigilante de potenciación personal.