"Se sufre; pero se aprende" me decía mi abuelo, un hombrón duro y peleonero.
Nacido en Aguascalientes, México, a principios del Siglo XX, huyó con su familia de la Revolución Mexicana y se instaló en El Paso Texas. Siendo pobre y de tez morena, se encontró con las peores expresiones de discriminación contra los Hispanos en aquel país. Los letreros de algunos lugares decían "No se admiten perros ni mexicanos". Sobrevivió forjándose un cuero duro, un alma combativa, puños prestos a ser usados y una férrea disciplina.



De joven tuvo dos objetivos en mente: triunfar y regresar a su país. Estudiando Ingeniería de minas en The University of Texas, donde paradójicamente y por razones totalmente fortuitas 60 años después yo estudiaría el doctorado, se graduó pese a profesores como aquel que le decía "¿tú qué haces aquí?, tu naciste para usar la escoba. Después de graduado y en plena depresión de los Estados Unidos fue en motocicleta con un amigo por todo el país buscando trabajo sin mucho éxito. De entonces me decía que aprendió lo que es el hambre y lo que ésta hace: al dividir con su compañero de viaje un plato de frijoles, frijol por frijol, se pelearon a golpes por el último grano.

Ya en México se forjó una carrera exitosa como técnico y administrador en las compañías mineras. Se hizo legendario por su capacidad de trabajo y estricta disciplina. Recuerdo que tenía listas detalladas de todos los sucesos. Por ejemplo, del consumo de petróleo en su casa durante el invierno, día por día, con los días de recarga y cantidades en el depósito. La semana pasada descubrí en casa de mi madre una lista de todos los lugares donde había vivido y trabajado desde su nacimiento.

Le gustaba contar con orgullo la anécdota de haber llevado a la ciudad minera donde finalmente se instaló, en Parral, Chihuahua, al norte del país, el primer auto de la población y de haberse encontrado con el antiguo profesor discriminate quien se sorprendió de verlo como ejecutivo manejando un auto y no una escoba.


Jubilado a temprana edad por haber adquirido silicosis, la enfermedad pulmonar que frecuentemente aqueja a los mineros, se convirtió entonces en un lector ávido y estudió con pasión las culturas precolombinas. El medio norteño de la época idealizaba la cultura norteamericana y desdeñaba la mexicana. Por ejemplo, recuerdo compañeros de escuela que expresaban su deseo de que México fuese anexado a los Estados Unidos y "ser otra estrella en la bandera" de esa nación. Con frecuencia veía a mi abuelo sosteniendo acaloradas discusiones en las que defendía con pasión al país y a la mexicanidad.


Retirado, conmigo se tomó como algo personal el educarme. En el taller de su casa tenía todo tipo de herramientas, que desde muy temprano me enseñó a usar con destreza. La ternura la expresaba con regaños y una que otra palmada rápida en la espalda cuando hacía algo bien. Me enseñó a valorar el trabajo: me llevaba como ayudante y me pagaba un peso por hora de trabajo; cantidad que debía depositar en la alcancía que para el efecto me compró.


Cuando a los trece años mi familia se mudó al centro del país, me llamó aparte y me habló sobre la importancia de las raíces. Me dijo que donde fuese valorara de dónde venía. Creo que en el fondo me estaba diciendo que me quería y que no me olvidara de él.


Cada año venían él y mi abuela a pasar varias semanas con nosotros en la Ciudad de México. Me pedía lo llevara a diversos sitios y en la calle se peleaba a grito pelón con cuanto conductor o transeúnte le molestaba. Le decía que se calmara porque ahí sí le podían hacer daño por esas conductas.


Los tiempos han cambiado. Hoy no se puede dirigir ni una empresa ni una familia con éxito con ese estilo duro. Tal vez estuvo bien para el México post revolucionario; pero sería totalmente contraproducente para un país inmerso en la nueva economía.


Siempre sentí que en el fondo de su exigencia y dureza no había más que un niño vulnerable que necesitaba de mucha ternura. Creo que eso es lo que yo le di. Ese era su carácter combativo y ese era el personaje, a quien hoy rindo tributo.

Te quiero, Lelo, donde sea que estés. No me he olvidado de ti.

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