En un mundo que tiende a engrandecer a individuos pequeños, que a la Trump alcanzan fama y fortuna pero que están asentados en la vaciedad, sin aportar nada valioso ni a la vida, ni al planeta, ni a la humanidad; me resulta sumamente refrescante encontrar grandes hombres entre los aparentemente pequeños.
Este es el caso del “Maistro” (como se le llama en México al maestro albañil) Salustio. La albañilería, junto con la asistencia doméstica, es uno de los gremios más injustamente desprestigiados entres las arrogantes clases medias de Latinoamérica. De ahí que surjan expresiones denigrantes tales como el “San Lunes” del albañil o “se fue como la chacha” (la servidora doméstica). Expresiones que no son más que una proyección en otros de los comportamientos indeseables que no alcanzamos a ver en nosotros mismos.
Envuelto en este tipo de prejuicios me encontré en el camino con el Maestro Salustio, un hombre adusto que aborda con gran seriedad su profesión. El pretexto para encontrarnos fue el que dirigió la construcción de un anexo en casa; pero la agenda de fondo es que pasó por mi vida para educarme.
Aprendí de él la pasión por el oficio, la responsabilidad, la puntualidad, la mesura, la honradez, la esperanza y la capacidad de fluir con la vida. Al saludarlo por primera vez me percaté de que su mano está incompleta. A los doce años le estalló un petardo y lo dejó sin varios de los dedos: “hay que tener cuidado de qué es lo que toma uno”, me dijo.


Me quedó en claro su congruencia cuando en pleno fervor de la construcción llegó el día de la Santa Cruz, considerado el día del albañil en México. Le di quinientos pesos para que organizara el festejo tradicional y muy serio me dijo “no, es mucho dinero, con doscientos pesos basta”. Ciertamente a un hombre pobre trescientos pesos sobrantes le hubiesen resultado muy útiles; pero sin chistar actuó con honradez. Tiene mucho cuidado de qué es lo que toma.

Era cuando dejaba a sus trabajadores en la obra y se iba a supervisar otras obras que aprendí a apreciar cómo el compromiso con la labor también se manifestaba en su gente. A la 1:00 en punto paraban para comer y jugar un poco con el balón y a las 2:00 en punto regresaban a la construcción, por sí mismos, sin que nadie diese la orden: la puntualidad y el cumplimiento era un valor intrínseco. Así día tras día. Esta precisión con el manejo del tiempo sólo me había sorprendido antes al ver a las secretarias del departamento de educación en Washington State University, cuando estudiaba la maestría. A las 12:00 en punto cerraban la oficina, sin importar quién estuviese ahí, para hacer el “lunch”, y abrían exactamente a la 1:00.
El maestro Salustio ha sabido ser un líder transformacional que ha transmitido a su gente sus principios de actuación. Ejerce un liderazgo por congruencia y con firmeza que potencia a sus colaboradores.

Aprendí a dejar la casa totalmente abierta para él solo ya que vi a un hombre integro y digno de confianza. Terminada la obra me dijo con orgullo señalando la construcción “mire, no semos arquitectos pero vea lo que hacemos”. Realmente el trabajo no fue impecable y tal vez sí hizo falta la presencia de un arquitecto; pero lo verdaderamente importante surge cuando veo aquel perfil que no quedó totalmente recto que representa el paso de un hombre que actua con rectitud.


¿Y ahora qué sigue, maestro? “Ya Dios dirá”. Se fue como llegó, fluyendo, como nos enseña a los que hemos perdido el rumbo en el mundo post-industrial el profesor Csikszentmihalyi de la Universidad de Chicago (Aprender a Fluir, Kairós, 1998) .


Cargó todos sus implementos en la camioneta desvencijada y se fue a educar a otro lugar.

Gracias maestro Salustio.



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