"Llegué paulatinamente a la verdad, por cuyo descubrimiento parcial estoy condenado a un naufragio tan terrible: que el hombre no es verdaderamente uno, sino realmente dos", dijo el Dr. Robert Louis Stevenson, Jekyll. Se trata del libro de Iain McGilchrist, un ex profesor de literatura de Oxford, quien siendo ahora médico psiquiatra, ha llegado a una conclusión similar acerca de la dualidad del hombre.
Así inicia la revisión que hace The Economist del libro "El Amo y Su Emisario: El cerebro dividido y la creación del mundo occidental" (The Master and His Emissary: The Divided Brain and the Making of the Western World) deIain McGilchrist (Yale University Press). Presento aquí la traducción de esta revisión.
Según McGilchrist, los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro humano tienen personalidades opuestas, y han estado en guerra desde la época de Platón, especialmente desde la Ilustración. El hemisferio izquierdo del cerebro (el "Emisario" de su título) es el malo de la película, puesto que ha arrebatado el control del derecho (el "Amo", que debería estar a cargo). El hemisferio izquierdo es un advenedizo que ha creado una sociedad deshumanizada en Occidente, ha contribuido las epidemias de esquizofrenia y autismo, ha provocado la expoliación del medio ambiente, y ha dado lugar a la obra musical y de arte modernista que es deliberadamente fea.
La relación entre los dos lados del cerebro se convirtió en un tema candente en la década de 1960 tras una serie de operaciones realizadas a los pacientes con epilepsia al cortarles las principales conexiones entre ambos hemisferios. El "cerebro dividido" resultante en general hizo que los ataques se volvieran menos debilitantes, teniendo un funcionamiento normal en la vida cotidiana. Pero cuando los experimentadores encontraron maneras de introducir información a sólo uno de sus hemisferios desconectados, cosas extrañas comenzaron a suceder de tal manera que algunos investigadores señalaron que se trata de dos esferas independientes de conciencia en una sola persona. En las últimas décadas se ha aprendido mucho más acerca de los lados del cerebro, sobre todo mediante el estudio de pacientes con problemas cerebro-vasculares, y de técnicas de imágenes que revelan qué partes del cerebro están más activas cuando se realizan algunas tareas.
McGilchrist desestima la idea de la ciencia popular de que el hemisferio izquierdo es racional, aburrido y masculino, mientras que el derecho es creativo, impresionista y femenino. Casi todo lo que alguna vez se creía sucede en un solo hemisferio realmente requiere de la participación de ambos hemisferios, y las diferencias entre ellos no reside en lo que hace el cerebro, sino en la forma en que se hacen las cosas. En particular, dice, el izquierdo se especializa básicamente en la atención concentrada, mientras que el derecho atiende a contextos más amplios.
Esta es su opinión oficial y presenta evidencia fascinante para respaldarla. Pero el lector también encuentra argumentos muy sueltos y generalizaciones impresionantes. El mundo del hemisferio izquierdo es "en última instancia narcisista", su "principal motivación es el poder", y la revolución industrial fue "el asalto más audaz en el mundo sobre el hemisferio derecho". El santo derecho, por el contrario, tiene "ideales" que están en armonía con una " concepción esencialmente local, agraria, comunitaria y orgánica" de la democracia.
En un recorrido por la historia intelectual de Occidente que ocupa la mitad de este gran libro, McGilchrist describe amplios movimientos y personajes famosos como si fueran batallas y soldados en una guerra de 2.500 años entre los dos hemisferios del cerebro. El romanticismo fue una victoria para el cerebro derecho, la Ilustración, al final, una victoria para el izquierdo. Shakespeare fue un general de la parte derecha del hemisferio, mientras que Descartes fue un campeón del campo de la parte siniestra, debido a su reduccionismo mecanicista. El trabajo en esta parte del libro implica una inteligencia brillante, en particular los debates sobre poesía, pero aquí suelta claramente los lazos con la ciencia del cerebro. McGilchrist afirma que la dicotomía supuestamente nítida entre pensamiento del hemisferio izquierdo y derecho no existe en las culturas asiáticas, o no en la misma manera. Pero no ofrece pruebas de que tales diferencias pueden explicarse en términos fisiológicos.
El libro termina con una admisión de que las principales reivindicaciones del autor acerca de los hemisferios cerebrales son más bien analogías sueltas que explicaciones sólidas. McGilchrist parece tener dos mentes respecto a su propio planteamiento.

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