Hoy, como muchas otras veces, me desperté de madrugada en un flujo de pensamientos negativos y sombríos. Me doy cuenta que en mi vida mantengo un patrón de pensamientos casi inconscientes que me llevan a ver el futuro como algo negro, difícil y lleno de peligros. Es un hábito muy arraigado de desvaloración. Me voy juzgando negativamente de manera muy dura: que soy un bueno para nada, que nunca lograré mis metas, que todo es imposible, que no hago lo suficiente, que soy un mediocre. Es como una corriente de un revuelto y tormentoso río que me arrastra a lugares muy oscuros.

Y desde ahí empiezo a luchar, a escalar lenta y pesadamente las resbaladizas rocas para escapar de las aguas amenazantes. Poco a poco voy desmontando cada uno de los pensamientos y juicios negativos. Que Dios me ha dado grandes talentos, que con ellos construyo prosperidad y genero riquezas, que merezco vivir una vida plena y completa, que todo está bien en mi vida, que valoro mi proceso de desarrollo.

Me levanto y abro la ventana. La mañana es fresca y muy clara. La luz del amanecer tiñe de naranja algunas nubes rasgadas sobre las montañas de La Marquesa. El Sol está por salir. Del otro lado el Nevado de Toluca, con sus faldas de un verde ya deslavado ahora que ya no llueve, tiene un color café oro muy vibrante. Una mañana muy hermosa.

He logrado escalar hasta la cima. Este, el 24 de diciembre, es un día más para vivir a plenitud. Me lo he ganado.

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