Nunca ha dejado de sorprenderme que cuando pido a mis alumnos ejemplos de grandes líderes invariablemente se menciona a Hitler junto a connotadas figuras del liderazgo. Hoy, a propósito de la celebración de los 60 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, hago algunas reflexiones en torno al liderazgo de este hombre.
Sostengo que alguien que condujo a un pueblo poderoso e industrioso a la derrota, quien fue un personaje creado por la propaganda y quien sistemáticamente eliminó a sus mejores hombres y generales por diferir de él (como ejemplo tenemos el suicidio forzado de Rommel), fue un pésimo líder.
Óscar Enrique Ornelas ha escrito el día de hoy en el periódico El Financiero el artículo intitulado "De cómo los alemanes amaban a Hitler y lo que luego les sucedió". Lo primero que hay que entender es que, como el autor señala, Hitler es un mito. El historiador Ian Kershaw demostró la enorme brecha que existe entre el personaje público y el verdadero Hitler. Un enorme cuerpo de propaganda creó un mito para apelar al pueblo alemán. En todo caso los verdaderos líderes fueron Goebbels, Goering y demás creadores del mito de Hitler.
Entre las sagas de la Segunda Guerra Mundial que mejor ilustran el liderazgo desatinado de Hitler está la Operación Barbarroja: la guerra contra la Unión Soviética. Se dice que el invierno ruso derrotó a los alemanes. No fue así: los alemanes fueron derrotados por la necedad de un hombre que impuso metas y plazos artificiales en la guerra contra los rusos. Hitler desestimó toda voz de sus generales de primer nivel que advirtieran en contra de sus decisiones, llegando hasta el ordenar su ejecución (conforme se volvía más y más paranoico).
En contrapartida, Stalin, el sátrapa que comandaba a Rusia en aquellos tiempos, reconoció sus limitaciones como comandante militar y se hizo rodear de sus mejores estrategas. Como consecuencia los rusos aprendieron a pelear eficazmente contra los alemanes y desde Stalingrado avanzaron hasta doblegar a Alemania.
Si los alemanes hubiesen tenido un comandante en jefe que integrara las energías y el conocimiento de sus mejores hombres, hubiesen ganado la Segunda Guerra Mundial sin la menor duda (y otras serían las historias que nos estaríamos contando el día de hoy). Les faltó tener un buen líder.
Algunas de las lecciones que extraigo en torno al liderazgo a partir de estos eventos para aplicarlos a nuestras organizaciones son las siguientes.

  • No se puede ser un líder eficaz cerrando las vías de comunicación con el propio grupo.
  • No se puede ser un líder que perdure yendo en contra del interés del grupo que se dirige.
  • No se puede ser un líder que construya cerrándole el camino a los mejores colaboradores.
  • No se puede ser un líder que genere bienestar compartido imponiendo a través del liderazgo la propia y exclusiva agenda personal.
PD.: Quedan en el tintero al menos dos temas relacionados con la Segunda Guerra Mundial. Por un lado, más allá del liderazgo eficaz está el tema de la ética en el liderazgo. Necesitamos no sólo aprender a generar un liderazgo eficaz sino además un liderazgo humanizado. Por otro lado queda el asunto de la existencia de fuerzas destructivas que, junto a las constructivas, subyacen en nosotros los seres humanos. Estas fuerzas impulsan a seres comunes y corrientes, de todas las nacionalidades, razas y credos y no sólo a alemanes a convertirse en criminales que matan, no sólo a judíos, sino a todo tipo de individuos que se perciben como indeseables o amenazantes.

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