Tu grandeza no provendrá de tus grandes planes ni de tu ego inflado.
Crees que vales mucho al sentirte tan arrojado, tan visionario, tan poderoso.
En el fondo sientes el enorme vacío y la soledad. Te has aislado. Te sientes solo. Te has ensanchado tanto que has alejado a todos.
Crees que los has engañado a todos; pero sólo te has engañado a tí mismo. Te molestas tanto cuando te dicen la verdad que ahora todos te dicen sólo lo que quieres oir. Pero lejos de tu presencia, la verdad fluye por todas las oficinas y pasillos. ¡Oh grandioso maravilloso jefe de jefes!, dicen los salameros. Como golpe constante de agua en la roca escuchas el mensaje ¡qué gran idea has tenido, mi querido y único jefe! hasta hacer una huella profunda: te lo has creído. Sin embargo, eres el único que lo cree. Vives en el síndrome de "El emperador no tiene ropas".
Entre más grande tu ego más pequeña tu esencia. Te has inflado e inflado de aire al tiempo que tu alma se ha ido haciendo pequeña y más pequeña.
Sé que te sentirás molesto. Hace mucho que tu altanería y supuesto arrojo encubren tu cobardía frente a la verdad interna.
Lo de adentro, lo que sientes, la verdad del alma te asusta y te duele mucho. Sabes de tu vacío y te ocultas en tus antiguas rabietas infantiles.
¡Has hecho tanto daño! Lo sabes.
Vestido de hombre te sabes el mismo niño berrinchudo de siempre.
¿Hasta cuando seguirás impidiendo que la gente a tu alrededor florezca?
¿Hasta cuando seguirás ahogando a esa empresa?
“El caballero de la armadura oxidada” te está esperando.
Dios no tiene prisa.
Todo a su tiempo, todo a su tiempo.
El que tenga oídos para oír, que oiga.

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